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El impacto al sector petrolero

Fernando Santos Alvite

para Petroenergía


Luego de los acontecimientos del octubre en llamas, cabe hacer un análisis y quizá intentar un balance de lo sucedido en el sector petrolero. Un poco alejado de los titulares de prensa y televisión, que se concentraron en los daños materiales al Edificio de la Contraloría, al parque de El Ejido, a las florícolas y otras industrias agrícolas de la serranía, la afectación a la industria petrolera, en el corazón de la amazonia, es muy grave y severa.

Más allá de la cuantificación del impacto en lo material, sobre 100 pozos paralizados, enormes cantidades de partes y piezas sustraídas o dañadas y cerca de 2 millones de barriles de petróleo que no se pudieron exportar, queda patente que el tenue equilibrio social que por muchas décadas, había aislado al sector petrolero de la violencia y el caos político, se ha afectado profundamente. El problema entonces es como reestablecerlo.

El Ecuador como nación petrolera surge en la Amazonía, a mediados de los años 1960´s, con la operación de Texaco y la construcción del oleoducto trans andino en 1.972, nos convierte en exportador del codiciado oro negro. Texaco, las compañías privadas que se unieron en la búsqueda y producción de petróleo y luego Petroecuador operaron en una inmensa área de baja densidad poblacional, con dispersos grupos étnicos aislados y generalmente hostiles los unos a los otros.


Con un Estado lejano y centrado más bien en atender las necesidades de las ciudades, la armonía pobladores - compañías se basó en los programas de relaciones comunitarias. Las empresas suplían las necesidades sociales, en un principio básicas, a través de sus programas de ayuda comunitaria. Empleos, dispensarios médicos, escuelas, espacios públicos, ayudas para iniciativas agrícolas, turísticos, etc.., salían del presupuesto de las compañías. Y esto estuvo bien y marchó bien por muchos años y la conflictividad social de la zona fue mínima.


Pero, el incremento de la población en la Región, la expulsión de las compañías privadas y la concentración de los campos en Petroamazonas y los problemas eternos del Fisco de la carencia de recursos para atender a las zonas marginales, ha creado la receta perfecta para el estallido. Una nueva generación de amazónicos, más militantes que, con razón ven que los beneficios que revierte a la región, de donde sale la principal riqueza del País, son mínimos. Que se impacientan por la lentitud con la que el Estado satisface sus necesidades.


Esto sumado a otros factores negativos como la baja del precio del petróleo, el estancamiento de la producción: - desde el 2.003 que se terminó el Oleoducto de Crudos Pesados OCP, el País produce lo mismo, alrededor de 540.000 b/d- y la actividad monopolísitca de Petroamazonas que ni explora por mas petrolero, ni permite que compañías privadas lo hagan, crean un entorno de retroceso de la industria petrolera.


Cualquiera que viaje a la Amazonía puede palpar el antes y después. Antes, con compañías privadas competentes y solventes, con precios del crudo alto, la búsqueda y producción de petróleo era dinámica y vibrante. Hoy es lo contrario. Lentitud y estancamiento. Negocios cerrados, filas de camiones sin utilizar en las carreteras, pesimismo e incertidumbre por doquier. La paja estaba entonces esparcida por el suelo, esperando la chispa que la encienda.


Con el explosivo levantamiento indígena contra el Decreto de subida de los combustibles, el fuego se prendió y ardió. Hoy se ha apagado pero las cenizas quedan, y hay que neutralizarlas y evitar que se vuelvan a encender. Qué hacer? Lo primero y urgente es sacudirse de la parsimonia con que se ha mirado el sector petrolero en los últimos 12 años: hay que entregarlo al monopolio estatal, que no necesita de ningún esfuerzo, el petróleo brota de la tierra y se lo vende.


Esta visión es errónea. La industria petrolera es dinámica, por cada barril que se produce hay que buscar uno nuevo para reemplazarlo pues es un recurso natural no renovable. Para eso se necesita capital y tecnología que el Estado no tiene. El manejo burocrático de un negocio tan complejo como el petrolero siempre ha resultado en un fracaso. Brazil y Colombia son dos ejemplos. Con monopolios estatales inmensos, pesados y permeados por la corrupción, la industria no se movía. Se privatizaron Petrobras y Ecopetrol y hoy son modelo de empresas florecientes y prósperas. Y el sector petrolero contribuye al progreso de esos países.


El Ecuador tiene que hacer lo mismo, sacudirse de la modorra del estatismo e invitar a la empresa privada a que le ayude a buscar y producir más petróleo. Una mayor producción traerá mejores empleos, adicional circulación de riqueza, bajará los motivos de conflictividad. Pero hay que intentarlo ya, no dejarlo para mañana, antes de que la hoguera se vuelva a encender. Pues una vez prendida con más fuerza, va a resultar muy difícil apagarla.

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